Una comedia romántica


En el Gibson, Ricardo Montaner demostró potencial como humorista y animador, aunque su música no quedó necesariamente de lado

Por: Sergio Burstein

Los Angeles, 25 de octubre de 2005 - Con el paso de los años, Ricardo Montaner parece haber desarrollado fuertes habilidades como comediante. Lo curioso del caso es que su carrera no se encuentra en el campo del humor, sino en el de la canción; de hecho, la suya es considerada todavía como una de las mejores voces que ha dado la balada latina.

Es por eso que las innumerables situaciones cómicas que generó a lo largo del show ofrecido el domingo en el anfiteatro Gibson, podrían ser consideradas por algunos como un innecesario desvío de sus verdaderas responsabilidades profesionales, sobre todo si se tiene en cuenta que le quitaron un tiempo valioso que podría haber sido invertido en la interpretación de varias canciones conocidas que brillaron por su ausencia.

Pero si bien cualquiera tiene derecho a sentirse disgustado cuando no escucha su canción predilecta en un concierto para cuyo ingreso ha pagado, hay que tener no sólo en cuenta que la larga trayectoria del artista argentinovenezolano hace que le resulte imposible ofrecer un repertorio que satisfaga a todo el mundo, sino que el mismo cantante, gracias a su sentido del humor y a sus ocurrencias, le brindó variedad a un espectáculo que de otro modo hubiera caído probablemente en el tedio, ya que muchas de sus composiciones se inscriben en el monolítico terreno de la balada.

Extremadamente comunicativo y evidentemente feliz de estar sobre el mismo escenario con el que debutó en Estados Unidos hace 17 años, Montaner no recurrió necesariamente a las estrategias comunes en otros artistas populares para emocionar al público, sino que trató de enlazar todo a través de la música. Eso fue lo que ocurrió cuando logró enseñarle rápidamente a la audiencia el coro de una canción nueva, Nada (que es por cierto muy buena) o cuando subió al estrado a cerca de 20 mujeres para bailar con ellas y dejarlas durante todo el resto del show a su lado, brindándoles así una experiencia inolvidable.

Es verdad que sus acciones y movimientos resultaban a veces exagerados, pero también es cierto que su divertida manera de comunicarse, muy típica del hablar popular venezolano, fue un detalle refrescante dentro de un auditorio en el que se puede ver a muy pocos artistas provenientes de dicho país sudamericano. Además, para salirse momentáneamente del molde “internacional” de la balada, el artista se apoderó personalmente de un cuatro para tocar y cantar varios temas originales de Maracaibo, la ciudad en la que se crió, entre los que se incluyó una vistosa versión de La cabra mocha.

Y aunque nadie se quejó en ningún momento, estaba claro que el público quería escuchar sus baladas preferidas, por lo que Montaner empezó pronto a satisfacer estos deseos al interpretar A dónde va el amor, una de sus composiciones más recordadas.

Hay que reconocer que, fuera de sus incursiones cómicas, el artista se preocupó en alternar los temas lentos con los rápidos, haciéndolo incluso de forma progresiva, ya que el repertorio siguió con Resumiendo, un corte de discreta tendencia tropical y de medio tiempo que antecedió a otra balada (Ojos negros), la misma que fue sucedida por un título ahora sí muy enérgico, Vamo' pa la conga, donde uno de sus músicos efectuó un breve pero animado rapeo.

Fue justamente durante este festivo tema que Montaner invitó a las mujeres que ocuparon con él el estrado durante todo el resto del show, haciéndolas incluso partícipes de un improvisado concurso de belleza que, más allá de la gracia, le sirvió al cantante y compositor para demostrar que en el concierto había damas venezolanas, mexicanas, colombianas, peruanas y centroamericanas, sin tener que recurrir a la típica enumeración de nombres de países para que los asistentes de distintas procedencias levanten las manos desde sus asientos.

Lo que podría reclamársele con justicia al artista es que todo este barullo, si no le quitó realmente importancia a la música (su excelente banda le puso marco musical a las ocurrencias), sí dejó en segundo plano el que se supone es el atributo mayor del protagonista de la noche: su canto.

Aunque Ricardo Montaner entonó todas las canciones con seguridad y mucho dominio técnico, resultó un tanto decepcionante notar cómo evitaba las notas más altas y exigentes en los coros de canciones como Déjame llorar (una de sus creaciones más notables) y Me va a extrañar, que dejó a sus dos coristas femeninas. Esto no es necesariamente una consecuencia del paso del tiempo, ya que se le vio haciendo lo mismo hace cerca de 15 años, en un recital efectuado en otro país.

Fuente: La Opinión - EE.UU.